Ötzi el hombre de hielo, la momia más antigua de Europa, probablemente sufrió un golpe en la cabeza antes de morir hace aproximadamente 5.300 años, según un nuevo análisis de proteínas de su tejido cerebral.

Desde que un par de excursionistas tropezaron con su asombrosamente bien conservado cuerpo congelado en los Alpes en 1991, Ötzi se ha convertido en uno de los especímenes humanos antiguos más estudiados. Se ha reconstruido su rostro, su última comida, su vestimenta y su genoma, todo lo cual contribuye a dibujar una imagen de Ötzi como un agricultor de 45 años, con pieles y tatuajes, oriundo de Europa Central, que padecía enfermedades cardíacas, dolores articulares, caries y probablemente la enfermedad de Lyme antes de morir.

Sin embargo, ninguna de esas afecciones le llevó directamente a la muerte. Una herida revela que Ötzi fue alcanzado en el hombro con una flecha mortal que perforó la arteria, y una comida no digerida en el estómago del Hombre de Hielo sugiere que fue emboscado, dicen los investigadores.

Hace unos años, una tomografía computarizada mostró manchas oscuras en la parte posterior del cerebro de la momia, lo que indica que Ötzi también sufrió un golpe en la cabeza que hizo que su cerebro se golpeara contra la parte posterior del cráneo durante el ataque mortal.

En el nuevo estudio, los científicos que examinaron muestras de tejido cerebral del cadáver del tamaño de una cabeza de alfiler encontraron restos de células sanguíneas coaguladas, lo que sugiere que Ötzi sufrió efectivamente hematomas en el cerebro poco antes de su muerte.

Pero aún queda una parte del misterio del asesinato neolítico sin resolver: No está claro si la lesión cerebral de Ötzi fue causada por un golpe en la cabeza o por la caída después de ser golpeado con la flecha, dicen los investigadores.

El estudio se centró en las proteínas encontradas en dos muestras de cerebro de Ötzi, recuperadas con la ayuda de un endoscopio controlado por ordenador. De las 502 proteínas diferentes identificadas, 10 estaban relacionadas con la sangre y la coagulación, dijeron los investigadores. También encontraron evidencias de una acumulación de proteínas relacionadas con la respuesta al estrés y la cicatrización de heridas.

Un estudio separado de 2012 detallado en el Journal of the Royal Society Interface examinó los glóbulos rojos de la momia (los más antiguos jamás identificados) de una muestra de tejido tomada de la herida de Ötzi. Esa investigación mostró rastros de una proteína de coagulación llamada fibrina, que aparece en la sangre humana inmediatamente después de que una persona sufra una herida, pero que desaparece rápidamente. El hecho de que todavía estuviera en la sangre de Ötzi cuando murió sugiere que no sobrevivió mucho tiempo después de la herida.

Las proteínas son menos susceptibles a la contaminación ambiental que el ADN y, en el caso de las momias, pueden revelar qué tipos de células estaba produciendo el cuerpo en el momento de la muerte. Un análisis de proteínas de una niña inca de 15 años, sacrificada hace 500 años, reveló recientemente que tenía una infección pulmonar bacteriana en el momento de su muerte.

«Las proteínas son los actores decisivos en los tejidos y las células, y conducen la mayor parte de los procesos que tienen lugar en las células», dijo en un comunicado Andreas Tholey, científico de la Universidad alemana de Kiel e investigador del nuevo estudio de Ötzi.

«La identificación de las proteínas es, por tanto, clave para entender el potencial funcional de un tejido concreto», añadió Tholey. «El ADN es siempre constante, independientemente del lugar del cuerpo en el que se origine, mientras que las proteínas proporcionan información precisa sobre lo que ocurre en regiones específicas dentro del cuerpo».

Además de las proteínas relacionadas con la coagulación, Tholey y sus colegas también identificaron en las muestras de Ötzi docenas de proteínas conocidas por su abundancia en el tejido cerebral. Un análisis microscópico reveló incluso estructuras celulares neuronales bien conservadas, dijeron los investigadores.

«Investigar el tejido momificado puede ser muy frustrante», dijo en un comunicado el autor del estudio y microbiólogo Frank Maixner, de la Academia Europea de Bolzano/Bozen (EURAC). «Las muestras suelen estar dañadas o contaminadas y no necesariamente dan resultados, incluso después de varios intentos y utilizando diversos métodos de investigación. Cuando se piensa que hemos logrado identificar cambios reales en los tejidos de un humano que vivió hace más de 5.000 años, se puede empezar a entender lo satisfechos que estamos los científicos de haber persistido en nuestra investigación después de muchos intentos infructuosos».

Su investigación se detalló en la revista Cellular and Molecular Life Sciences.

Siga a Megan Gannon en Twitter y Google+. Síganos en @livescience, Facebook & Google+. Artículo original en LiveScience.com.

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